No hay traste para la jeringa del peculado

La última sesión de la Cámara de Diputados debe anotarse como un triunfo del diputado Javier Galán en su empeño por eludir explicaciones sobre el delito que más indicios incriminatorios en su contra acumula hasta el momento: el peculado de servicios en el que habría incurrido al hacer trabajar al menos a dos personas en su corralón particular pagándoles con sueldos de la Legislatura.

Complicado en el frente judicial, en el que lo acusan además por abusos sexuales y quedarse con una parte del salario de los empleados que hizo designar en la Cámara baja, el legislador ha conseguido mantener fuera del radar político e institucional la única tropelía que aún no desmintió taxativamente ante la opinión pública.

Resulta extraño, porque es la que más sencillamente podría desacreditar si fuera falsa, pero más sospechoso es que ninguno de sus pares se la reproche y que la presidenta de la Cámara de Diputados, Paola Fedeli, se abstenga de tomar medidas al menos administrativas para sancionar y enmendar lo que sería una malversación de los recursos del cuerpo. Parte del presupuesto que Fedeli administra habría sido utilizado para pagar sueldos de una empresa privada ¿No le aflige a nadie el desvío? ¿O Galán consiguió que dos de los agentes que hizo designar en la Legislatura fueran adscriptos por la Presidencia al Corralón San Javier?

La indiferencia de los diputados sobre este punto específico de las denuncias ni siquiera se alteró cuando Galán se erigió en faro moral de la Cámara y les recriminó al voleo ser una caterva de impresentables obsesionados por despojarlo de los fueros y “silenciarlo”. Ninguno de los aludidos se sintió lo suficientemente ofendido como para requerirle que fuera más concreto en sus imputaciones.

El asombroso consenso, no se sabe si tácito o expresamente construido, pasó por tratar de circunscribir los agravios a la disputa que Galán mantiene con la diputada Sonia Nabarro, electa junto a él el año pasado, con la que se peleó antes de asumir.

Con un silencio a esta altura cómplice, los diputados abonan la idea de Galán: ninguno tiene solvencia moral para cuestionarlo. Con un silencio a esta altura cómplice, los diputados abonan la idea de Galán: ninguno tiene solvencia moral para cuestionarlo.

La cuestión de privilegio que planteó Nabarro por los perjuicios que las conductas endilgadas a Galán provocan al cuerpo fue girada a comisión para tratar de evitar una polémica que el diputado de todos modos desplegó, con la eficacia política descripta.

Nobleza obliga, Nabarro mencionó el peculado al proponer el debate, pero Galán evitó referirse a la transgresión y desarrolló su hipótesis del honesto lobo solitario enfrentado a la casta política con la anuencia a esta altura cómplice del resto de sus pares.

Ayer, el diputado libertario Federico Lencina se limitó a considerar que “está mal” que se usen recursos de la Cámara para fines privados. Es de imaginarse el escándalo que hubiera desencadenado de opinar que estaba “bien”: lo novedoso hubiera sido que informara sobre alguna decisión tomada por su bloque tendiente a esclarecer el supuesto fraude perpetrado contra el honorable cuerpo que integra.

Eso sí: esperan el posible pedido de desafuero para tratarlo. O sea, todo depende pura y exclusivamente de la Justicia y sus por lo general dilatados tiempos. Qué gente minuciosa, ni siquiera insinúa la posibilidad de una investigación administrativa interna que podrían iniciar con solo convocar a los dos empleados del cuerpo que denunciaron a Galán.

Daniela Solohaga e Iván Luna Avellaneda, al parecer, ya no cumplen horario en el “Corralón San Javier” ¿Les habrán dado de baja también en la Cámara de Diputados?

La prescindencia de las autoridades y los miembros de la Cámara de Diputados abona lo que Galán apunta a instalar: ninguno de sus pares tiene la solvencia ética indispensable para cuestionarle los enjuagues que él haga con la parte que le toca del presupuesto legislativo.

La denuncia de una joven se proyecta para desnudar una lamentable complicidad corporativa. Qué suerte la de Galán: no hay traste para la jeringa del peculado.

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