
La partida de Luis Víctor “Pato” Gentilini, ocurrida el pasado 17 de junio a los 94 años, marcó el final de una de las trayectorias más singulares y fecundas de la música popular del Noroeste Argentino. Pianista, guitarrista, compositor y arreglador, construyó una obra que trascendió las fronteras de Catamarca y Tucumán para convertirse en un patrimonio del folklore argentino.
Nacido en Catamarca el 14 de septiembre de 1931, se radicó en Tucumán a comienzos de la década de 1950, donde desarrolló la mayor parte de su carrera artística. Autodidacta y dueño de una enorme curiosidad musical, recorrió con naturalidad géneros como la zamba, la chacarera, el huayno, la vidala, la milonga y el tango, siempre con un lenguaje propio y una búsqueda estética alejada de los moldes tradicionales.
Su catálogo supera las 130 composiciones, muchas de ellas construidas junto a destacados poetas y letristas como Manuel J. Castilla, Luis Sánchez Vera, José Augusto Moreno y Luis Franco. Obras como La calladita, Ojos de tigre, Zamba para los amigos de la noche, Chacarera del angelito, Catamarca lejana, Zamba de otoño, Bailecito de Hualfín y Responso por milonga forman parte de un repertorio que fue interpretado por figuras como Mercedes Sosa, Alfredo Ábalos, Los Trovadores del Norte, Melania Pérez, Lorena Astudillo y Nadia Larcher.
Además de su faceta como compositor, Gentilini impulsó proyectos colectivos que marcaron una época dentro del folklore regional. Fue fundador de Huayna Sumaj, La Salamanca y Matamba, además de integrar agrupaciones como Los Shalacos y Portal y sus Cumpas, siempre con la intención de ampliar los horizontes sonoros del folklore mediante elaborados arreglos vocales e instrumentales.
Su influencia también alcanzó a una nueva generación de músicos catamarqueños. En 2015, la cantante Nadia Larcher inició el proyecto artístico “Proyecto Pato”, dedicado íntegramente a reinterpretar su obra junto a un grupo de músicos argentinos. La propuesta derivó en un disco y en presentaciones en distintos escenarios del país, acercando su cancionero a nuevos públicos y revalorizando una producción que durante años permaneció ligada a los circuitos culturales del Norte.
La propia Larcher señaló en distintas oportunidades que descubrir la música de Gentilini fue también una manera de reencontrarse con la identidad cultural catamarqueña, destacando la riqueza armónica y la amplitud estilística de un compositor que supo incorporar influencias del jazz, la música clásica y la tradición popular en una síntesis profundamente original.
Amigo durante más de tres décadas de Atahualpa Yupanqui y admirador de Eduardo Cerúsico y Rolando “Chivo” Valladares, Gentilini eligió mantenerse lejos de la industria musical y de los grandes festivales comerciales. Su lugar natural fueron las peñas, las tertulias y la bohemia tucumana, donde compartía canciones, ideas y largas conversaciones con poetas y músicos.
Su filosofía artística quedó resumida en una frase que repetía con frecuencia: “Trabajo para comer, hago música para vivir”. Esa forma de entender el arte como una necesidad espiritual antes que comercial terminó definiendo una carrera coherente y profundamente ligada a la identidad cultural del Norte argentino.
Con su partida desaparece uno de los grandes arquitectos sonoros del folklore regional, pero su legado permanece vivo en las interpretaciones de nuevos artistas y en un repertorio que continúa enriqueciendo la música popular argentina.
