¿Cuánta vida te cuesta tu sueldo? Bajo el barniz del progreso, el óxido del cuerpo

Por eso, cuando se habla de este día, no se trata simplemente de recordar, sino de comprender qué es lo que se recuerda y por qué. En ese sentido, la memoria no es cómoda: interpela, incomoda, exige. De allí que conmemorar —del latín commemorare— no implique festejar, sino traer al presente aquello que no debería olvidarse, aquello que aún duele y que, de distintas maneras, sigue reclamando justicia.

El trabajo, esa palabra que parece tan cotidiana, guarda en su interior una historia áspera. Su raíz etimológica —tripalium, un instrumento de tortura— no es una casualidad lingüística, sino una huella de su origen como sufrimiento, esfuerzo y sometimiento. Desde allí, desde ese gesto inicial donde el cuerpo era atado y castigado, el trabajo ha mutado, se ha transformado, se ha revestido de múltiples sentidos, algunos luminosos, otros profundamente oscuros.

En los albores de la humanidad, trabajar no era una elección ni una identidad: era sobrevivir. Cazar, recolectar, sembrar, construir refugios. No había salario, ni contrato, ni reconocimiento; había necesidad. Con el tiempo, la historia fue tejiendo formas cada vez más complejas: la esclavitud, donde el cuerpo humano se convirtió en propiedad; el feudalismo, donde el trabajo se ligó a la tierra y a la servidumbre; el artesanado, donde el oficio aún guardaba algo de creación y pertenencia. Hasta que irrumpió el capitalismo y, con él, una ruptura decisiva: el trabajador dejó de ser dueño de lo que producía.

Esa separación —ese desgarramiento silencioso— no fue solo económica. Fue también simbólica. El trabajo dejó de ser un acto de transformación del mundo para convertirse en una mercancía más. Se compró y se vendió como se compran y venden las cosas. Y en ese proceso, el tiempo humano —la vida misma— comenzó a medirse en horas, en productividad, en rendimiento.

Sin embargo, la historia del trabajo que solemos contar es, en gran medida, una historia incompleta. Una narración eurocéntrica que ha privilegiado ciertos procesos —la Revolución Industrial, el desarrollo fabril, la modernidad occidental— mientras ha relegado otras formas de trabajo, otros modos de relación con la naturaleza y la comunidad. Las economías indígenas, por ejemplo, donde el trabajo no estaba escindido de la vida, donde producir no implicaba necesariamente acumular, han sido sistemáticamente invisibilizadas. Así, el concepto de trabajo se ha parcelado, se ha recortado, se ha impuesto como universal algo que en realidad es profundamente situado.

El capitalismo no solo reorganizó el trabajo: lo sacralizó. Lo convirtió en una suerte de divinidad moderna. Trabajarás, parece decir el mandato invisible, como si en ello residiera la esencia misma de lo humano. Pero esta divinización es, en el fondo, una trampa. Porque bajo la apariencia de dignidad se oculta una lógica consumista que reduce al sujeto a su capacidad de producir y consumir. Se trabaja para tener, y se tiene para seguir trabajando. Un círculo perfecto de vicio, y por eso mismo inquietante.

En ese escenario, también se ha instalado una idea persistente: que el trabajo dignifica. Y, sin embargo, conviene detenerse allí, interrogar esa afirmación que se repite casi como un dogma. ¿Dignifica el trabajo en sí mismo, o dignifica el reconocimiento justo de ese trabajo? ¿Puede hablarse de dignidad cuando el esfuerzo no alcanza para vivir, cuando el salario es insuficiente, cuando la precariedad se vuelve norma?

Tal vez sea necesario invertir la mirada. No es el trabajo el que dignifica, sino las condiciones en las que ese trabajo se realiza. Es el salario —justo, equitativo, humano— el que permite que la vida del trabajador sea digna. Sin justicia material, la dignidad se vuelve una palabra vacía, un consuelo retórico que disimula la desigualdad.

Hay, además, una dimensión estética en esta construcción contemporánea del trabajo. Se ha configurado una ética visual, una suerte de culto a la productividad donde el éxito se exhibe, se muestra, se mide en objetos, en logros visibles, en acumulaciones tangibles. El ser queda subordinado al tener. Y en ese desplazamiento, algo se pierde: la experiencia del trabajo como vínculo, como creación, como posibilidad de transformar no solo el mundo, sino también a uno mismo.

Trabajar, en su sentido más profundo, implica intervenir en la realidad. Es, como señalan diversas perspectivas, una acción que transforma tanto al objeto como al sujeto que la realiza. Pero cuando esa acción es capturada por una lógica que la reduce a mera productividad, esa potencia transformadora se diluye, se fragmenta, se vuelve ajena.

Por eso, el primero de mayo no debería ser un día de frases hechas ni de celebraciones vacías. Debería ser, más bien, un umbral de reflexión. Un momento para preguntarnos qué entendemos por trabajo, qué lugar ocupa en nuestras vidas, qué historias arrastra y qué futuros proyecta.

Conmemorar es, en definitiva, un acto de resistencia contra el olvido. Es recordar que detrás de cada derecho laboral hay luchas, huelgas, cuerpos que resistieron. Es reconocer que el trabajo no es solo una categoría económica, sino una dimensión profundamente humana, atravesada por relaciones de poder, por disputas, por sentidos en tensión.

Quizás entonces, en lugar de decir feliz día, podríamos decir otra cosa. Algo más incómodo, pero también más honesto: que este sea un día para pensar el trabajo, para cuestionarlo, para reimaginarlo. Un día para devolverle su espesor histórico, su complejidad, su densidad humana.

Porque el trabajo, como la memoria, no admite simplificaciones. Y porque solo en esa incomodidad —en esa grieta que se abre entre lo que es y lo que debería ser— puede asomar, tal vez, la posibilidad de un mundo más justo.

Lic. Ezequiel Sosa

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