Ortega sin Gasset

Las ostensibles evidencias del retroceso político e institucional del kirchnerismo fueron un efecto colateral inconveniente del triunfal desenlace que tuvieron las sesiones extraordinarias para Javier Milei.

Como la magnitud épica que pretende insuflarle a su gestión se vería significativamente menguada sin la acechanza mefistofélica de Cristina Fernández de Kirchner y sus esbirros, se ve obligado a mantenerlos con vida, vigentes. Desde esta perspectiva, la función que cumplen los insultos y las desmesuras presidenciales se torna cada vez más obvia: atribuirle a los antagonistas de su relato mesiánico una envergadura y peligrosidad que ya no tienen o, en el mejor de los casos, han comenzado a perder aceleradamente.

Milei tiene tan internalizada esta necesidad política, que el único momento en que su oratoria fluye sin necesidad de lectura es cuando se pone a polemizar con los legisladores kirchneristas como en aquellos viejos y fructíferos tiempos en los que trajinaba paneles de televisión.

En cierto sentido, las sesiones extraordinarias lo han enfrentado, pactos con la otrora denigrada casta mediantes, a una especie de crisis existencial ¿Qué sería La Libertad Avanza, de él mismo, sin la contraparte kirchnerista? Sería como el pancho sin mostaza, Superhijitus sin el Profesor Neurus u Ortega sin Gasset.

El kirchnerismo, por su parte, más que chocho. En el mensaje a la Asamblea Legislativa, Milei volvió a regalarles la satisfacción de la centralidad política tras un febrero que terminó de confirmarles el ocaso. Perdieron la primera minoría en la Cámara de Diputados en diciembre, están empatados en 21 senadores con los libertarios en el Senado.

¿Qué sería La Libertad Avanza sin el kirchnerismo? Pancho sin mostaza, Superhijitus sin el Profesor Neurus, Ortega sin Gasset. ¿Qué sería La Libertad Avanza sin el kirchnerismo? Pancho sin mostaza, Superhijitus sin el Profesor Neurus, Ortega sin Gasset.

Perfectamente prescindibles en el reparto de las cuotas de poder, les queda el premio consuelo de ser el enemigo simbólico seleccionado por el Jefe de Estado, tan dilectos que cualquiera podría confundirse y considerarlos amigos. Ya lo dice la canción: “Odiame por piedad, yo te lo pido… odio quiero más que indiferencia”.

Los extremos de las grietas son tan complementarios y necesarios uno para el otro que terminan asociándose sistémicamente. La estrafalaria farsa apunta a disimular esta sociedad.

Es interesante corroborar la pertinacia de la táctica.

Milei coronó su última serie de rabietas contra los kirchneristas declarando “la moral como política de Estado”, mientras los agraviados, felices como chancho en el chiquero, se regodeaban con el 3% de Karina, entonando el hit catamarqueño “Alta Coimera”.

Hace un año, el mensaje a los miembros del Congreso se produjo mientras ardía el escándalo por la estafa con la cripto Libra. Respondió equiparando el fraude con la pesificación asimétrica de 2002 y las maniobras con el Fondo Bicentenario, el dólar futuro y el sistema de importaciones SIRA. Calculó entonces que la casta le había robado al Banco Central y a los argentinos mediante estos dispositivos 110 mil millones de dólares. “Vengan a hablar de estafa piramidal, dale”, dijo en la única alusión que hizo al caso.

En el mismo lodo, todos manoseaos.

El kirchnerismo da el “physique du rol” ideal de villano, otros actores operan como comparsas: la “Chilindrina troska” Myriam Bregman, los empresarios Paolo Rocca y Manuel Madanes Quintanilla, la vicepresidenta Victoria Villarruel que aspiraba a “abrazarse al Sillón de Rivadavia” aprovechando la conspiración que frustró el salvataje de Donald Trump.

“Chiqui” Tapia se metió a empañar el relato con el rescate del gendarme Nahuel Gallo, pero ya salió el canciller Pablo Quirno a partir la cancha y lo acusó de “negociar con los secuestradores”. La farsa continúa.

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