¿Leer para qué?

Por Lic. Ezequiel Sosa

Mientras regreso del espacio áulico, luego de recorrer los pasillos de la escuela y observar los rostros de tantos jóvenes -algunos entusiastas, otros inquietos, algunos dispersos, otros atentos o simplemente preguntándose qué sentido tiene estar allí-, tomo una lapicera y la apoyo sobre una hoja algo maltrecha, casi tachoneada. Dejo correr la tinta entre marcas, correcciones y palabras que buscan su lugar. Poco a poco, esa hoja improvisada empieza a cobrar la forma y la dignidad de una página destinada a ser leída. Y es allí, en medio de ese desorden que comienza a tomar forma, donde aparece una pregunta sencilla, pero persistente, de esas que alguna vez atraviesan un aula, una conversación o incluso el silencio de quien mira un libro cerrado: ¿para qué tengo que leer?

¿Para qué abrir un libro, detenerse frente a una noticia, atravesar una consigna o recorrer una página entera si puedo mirar un video, escuchar una explicación o pedirle una respuesta inmediata a la inteligencia artificial? La pregunta es válida. Leer no debería ser meramente una obligación escolar. Leer nos abre la posibilidad de comprender el mundo y nos ofrece herramientas para transitarlo. Leer significa descubrir que allí alguien dejó una idea, una emoción, una pregunta, una advertencia, una experiencia o una historia. Es encontrarnos con una voz que quizá nació a miles de kilómetros o fue escrita hace cientos de años. Las palabras tienen esa pequeña rebeldía contra el tiempo: hacen presente una voz ausente. Una persona puede haber desaparecido hace siglos y, sin embargo, cuando abrimos una página, todavía consigue hablarnos. Gracias a la escritura y a la lectura sabemos qué pensaban otros pueblos, cómo imaginaban el mundo distintas comunidades indígenas americanas o qué escribió alguien hace cien años en una carta a su amada. Leer es acercar lo distante y permitir que algo del pasado continúe respirando en el presente.

Pero la lectura habita en las cosas más cercanas. Leer sirve para entender una consigna, interpretar un cartel, encontrar una dirección, saber qué colectivo tomar, comprender un mensaje, seguir las instrucciones de un aparato, conocer las reglas de un juego, seguir una receta o saber qué contiene un alimento. Leemos para utilizar un medicamento, completar un formulario, inscribirnos en el club del barrio o en el gimnasio de nuestra cuadra. Para conocer nuestros derechos o reclamar cuando algo no corresponde. Por eso leer nos ayuda a ser un poco más dueños de nuestras decisiones.

El teléfono vibra y una frase salta a la pantalla: mañana no habrá clases. Parece pequeña, casi inocente, pero detrás se esconde una verdad, un error o una falacia. ¿Quién la escribió?, ¿de dónde viene?, ¿puedo comprobarla? Vivimos en una corriente de imágenes, mensajes y voces que pasan delante de nosotros a toda velocidad. Algunas iluminan; otras confunden. En ese sentido, saber leer es una forma de defensa: es aprender a detener la corriente por un instante y mirar mejor. Leer no es dejar que las palabras pasen frente a nuestros ojos; es descubrir qué llevan dentro. Y en un mundo que corre, pensar es una forma de resistencia.

Esa capacidad no nace de golpe. Se aprende a fuerza de volver. A veces una palabra pesa como una piedra y una página parece cerrarnos la puerta. Leemos, nos perdemos, regresamos. Hasta que algo cede. La lectura nos da palabras para decir lo que antes era apenas una sombra. No es lo mismo decir “estoy mal” que poder nombrar el miedo, la incertidumbre o la injusticia. Hay sentimientos que caminamos durante mucho tiempo sin saber cómo llamarlos. De pronto, una palabra emerge. Y es como encender una pequeña lámpara en una habitación oscura: lo que estaba allí, confundido y silencioso, empieza por fin a tener forma.

La lectura también abre paso a la escritura. Escribir es dejar una huella donde el tiempo podría borrar todo: el barrio, un amor, los amigos, un sueño. Un diario, una anota o unas pocas líneas pueden sobrevivir a quien las escribió. Así, leer nos acerca a quienes ya no están; escribir deja nuestra voz para quienes todavía no llegaron.

La lectura no vive solamente en los libros. Se esconde en todas partes: en un diagnóstico, en un plano, en un código, en una factura, en una advertencia. Está ahí, silenciosa, esperando que alguien sepa descifrarla. Vivimos rodeados de palabras. Arden en las pantallas, llegan disfrazadas de mensajes, órdenes, promesas. Nunca leímos tanto y, quizá, nunca fue tan fácil perdernos entre lo escrito. Porque leer no es rozar una frase con los ojos: es entrar en ella.

Leer es poder. Pero no el poder que levanta la voz o manda sobre otros. Es una manifestación más silenciosa: comprender lo que las palabras revelan y lo que callan, elegir un rumbo, sostener una pregunta, distinguir una quimera de una verdad, defender un derecho y encontrar la firmeza para decir que no.

Las palabras parecen pequeñas, casi indefensas, y sin embargo altera aquello que parecía inmóvil. Una denuncia saca una injusticia de la sombra; una carta cambia un destino; un poema puede quedarse viviendo dentro de nosotros. Hay palabras que acarician y palabras que duelen. Hay otras que, simplemente, nos obligan a mirar otra vez.

Por eso leer es entrar en la realidad con un poco más de luz. Quien logra nombrar lo que vive ya no está completamente a oscuras. Y cuando algo tiene un nombre, también podemos indagarlo, preservarlo o transformarlo.

Leer no borra las asperezas de la vida ni hace desaparecer aquello que duele. Pero logra dejarnos una palabra, una pregunta, una forma distinta de mirar. Y, sobre todo, enseñarnos a levantar nuestra propia voz para que otros no hablen siempre por nosotros.

Aprender palabras es poder decir: esto pienso, esto quiero, esto me pasó, esto sueño, esta es mi historia. No hace falta empezar con demasiado. A veces alcanza una noticia, una canción, un cuento o unas pocas páginas. Lo importante es comenzar. A veces, una sola palabra abre una puerta.

Y basta mirar hacia atrás para advertirlo: buena parte de lo que la humanidad pudo construir nació de la posibilidad de guardar y transmitir conocimientos: vacunas, puentes, aviones, computadoras, medicamentos. Nada surgió de una sola idea. Alguien descubrió algo y lo escribió; otro lo leyó, lo corrigió y siguió. La escritura guardó el conocimiento; la lectura volvió a ponerlo en movimiento.

Al final, “¿leer para qué?” admite muchas respuestas: para comprender, preguntar, imaginar, defendernos, recordar y encontrar palabras para decir lo que sentimos. Para pensar por nosotros mismos y construir una voz propia. Porque leer no hace más fácil el camino, pero nos ayuda a elegir cómo recorrerlo. Y quizá allí esté una de sus posibilidades más hermosas: recibir por un instante la voz de otro hasta aprender a levantar la nuestra. Entonces ya no sólo leemos el mundo, también empezamos a escribir nuestro lugar en él.

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