
Que el mundo fue y será una porquería ya lo sabemos, pero el siglo XXI nos viene regalando una vigencia de Discépolo que roza el plagio. Este 11 de septiembre, en un nuevo aniversario del fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento, el Gobierno Nacional decidió homenajear la educación pública con la sutileza que lo caracteriza: un video oficial en redes sociales, donde el presidente Javier Milei se calza el traje de «Padre del Aula».
Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos, pensará algún maestro bonaerense mientras mira el recibo de sueldo sin el fondo de incentivo docente. El spot presidencial prescinde de los manuales de Kapelusz y en su narrativa, el prócer sanjuanino ya no es el compulsivo fundador de escuelas, ni siquiera el impulsor de la ley de educación laica. Nada de eso. Ahora Sarmiento es solo un «outsider» incomprendido que combatía a «la casta» de los caudillos federales y hasta parece arrepentido de no haber incluido la palabra «villarruel» en el Facundo.
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Es que, en este Cambalache del revés, ¡hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, pretencioso o estafador! Da lo mismo haber dedicado la vida a la tiza y al pizarrón que cerrar los ministerios que financian la infraestructura escolar, licuar el presupuesto universitario y desmantelar el Conicet. Todo es cuestión de actitud, motosierra y un buen filtro de Instagram.
La épica del video intenta equiparar la rebeldía ilustrada de 1800 con la autopercepción mileísta de ser la reencarnación de la Generación del 80. ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! Lo mismo un burro que un gran profesor. La profecía de Discepolín se cumple al pie de la letra cuando el presidente prefiere las clases magistrales de macroeconomía austríaca ante auditorios de empresarios, antes que garantizar el funcionamiento de las escuelas de frontera que el mismísimo Sarmiento defendía.
Hay que reconocerle al guionista libertario un rapto de honestidad brutal: en el fondo de este tango, Milei y Sarmiento comparten una misma fe ciega en que el progreso se importa, ambos miran al Norte soñando con transformar el suelo criollo en una sucursal anglosajona a base de decretos y desprecio por lo local. En esa fijación compartida, no hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao. Si para el sanjuanino el dilema era «civilización o barbarie» -donde la barbarie convenientemente llevaba poncho y vivía en el interior-, para el presidente la división es entre «la gente de bien» y los «orcos» colectivistas.
No hay que ponerse tan solemnes, después de todo es el signo de los tiempos. Si el modelo es el mérito y el sálvese quien pueda, la escuela pública pasa a ser un gasto superfluo en el excel del presupuesto. Para qué gastar en tizas si tenemos inteligencia artificial…
Feliz Día del Maestro a quienes, a pesar de la maldá insolente, siguen sosteniendo el aula, mientras en la vidriera irrepestuosa asistimos al desconcierto de ver llorar la Biblia contra un calefón.
