
Las Malvinas son argentinas, eso lo sabemos todos y todas las argentinas de bien. La historia, el derecho internacional y la Constitución Nacional lo sostienen. No hace falta que lo diga Milei, al contrario, genera mucha desconfianza su repentina preocupación.
La reciente Cadena Nacional sobre la cuestión Malvinas constituye un ejercicio de apropiación de iniciativas previas, montado sobre un cálculo electoral de urgencia y sometido a los vaivenes de la geopolítica internacional. Su mala actuación no logra esconder que lo que presenta como hitos de su gestión son en realidad herramientas legislativas e infraestructuras estratégicas creadas y desarrolladas por gestiones anteriores, a las que el propio Gobierno ninguneó o paralizó desde que asumió. A saber:
* La ley 26.659 sancionada en 2011 y modificada en 2013 mediante la ley 26.915 estableció condiciones para la exploración y explotación de hidrocarburos en la Plataforma Continental Argentina y fortaleció las sanciones contra quienes operen sin autorización. Sin embargo, durante la gestión de Milei se permitió que continuaran actividades de exploración vinculadas a empresas británicas en aguas próximas a las islas sin que el Gobierno utilizara con la firmeza necesaria las herramientas legales existentes.
Como advertía Arturo Jauretche: “No se trata de cambiar de collar, sino de dejar de ser perro”. Como advertía Arturo Jauretche: “No se trata de cambiar de collar, sino de dejar de ser perro”.
* La Base Naval Integrada se empezó a construir en 2022 con la gestión como ministro de defensa de Jorge Taiana. Milei paró el avance de la obra, para luego reorientarla como una posición compartida con financiamiento e influencia militar norteamericana.
* Propone un Consejo de Seguridad Nacional. No necesita inventar una institucionalidad para la cuestión Malvinas, pues desde 2020 existe el “Consejo Nacional de Asuntos Relativos a las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y los Espacios Marítimos e Insulares”, creado por la ley 27.558. Dicho organismo plural, integrado por diversas fuerzas políticas, académicos y excombatientes, fue desactivado y desfinanciado por la propia gestión de Milei. Habría que ver si no oculta sombrías intenciones para los argentinos.
Tras años de elogiar a Margaret Thatcher, minimizar las visitas británicas y priorizar una relación de «confianza» con el Reino Unido, el Presidente ahora reivindica con énfasis la causa Malvinas. Aunque resulta positivo que este reclamo vuelva a la agenda, no hay que olvidar que llegó a justificar la visita de David Cameron bajo el control británico e incluso a sugerir la autodeterminación de los ocupantes de las islas.
El coyuntural y oportunista giro de postura del presidente no puede separarse del contexto político.
Por un lado, debe enmarcarse en la adhesión genuflexa de Milei a la estrategia geopolítica de Donald Trump. Washington instrumentaliza la tensión por las diferencias en el seno de la OTAN y los desacuerdos respecto al conflicto en Irán chantajeando al Reino Unido. Milei actúa como un peón en este tablero, cediendo soberanía a través de la Base Naval en Tierra del Fuego a cambio de una ilusión de respaldo estadounidense. Los EE.UU tienen la intención de fortalecer su presencia en el Atlántico sur por su importancia geopolítica y en el marco de su estrategia de “América para los americanos”.
Por otro lado, responde al impacto de la bandera “Las Malvinas son argentinas”, que reavivó la conciencia nacional y malvinera transversal a diferentes generaciones, clases sociales y geografías, incluso en el exterior. Este fenómeno expuso al gobierno por sus políticas entreguistas y por descalificar a los jugadores y a quienes los apoyaron, tildándolos de “adolescentes mononeuronales” y portadores de un “nacionalismo berreta”. La derrota en el Congreso del proyecto de ley de extranjerización de tierras, movilización popular mediante, fue consecuencia directa de esto. Todo ello sumado a la asfixia económica y futuro incierto que viven los argentinos.
Por último, es importante señalar que el gobierno de Milei es, ante todo, un “gobierno de ocupación”. Si no partimos de esta caracterización política, de un proyecto que desarma capacidades nacionales y subordina decisiones estratégicas a intereses externos, no podremos ver el tablero completo de lo que está haciendo y solo veremos movimientos aislados y circunstanciales, confundiendo lo táctico con lo estratégico.
La soberanía no es un enunciado aislado, sino un concepto integral incompatible con el desmantelamiento del Estado nacional y la destrucción del aparato productivo, la ciencia, la educación y el territorio. Esta visión entra en contradicción directa con el modelo de Milei, que busca desintegrar la Nación en beneficio de intereses neocoloniales y financieros.
Debemos defender y reconstruir una Argentina autosuficiente, con planificación estratégica y capaz de defender sus propios intereses: que controle sus recursos naturales; que proteja sus mares frente a la pesca ilegal y la depredación; que tenga industria nacional; que fortalezca la ciencia y la investigación; que produzca tecnología propia; que recobre sus capacidades militares para tener poder de disuasión y que tenga presencia efectiva en la Patagonia, el Atlántico Sur y la Antártida.
A la vez, resulta indispensable forjar una Argentina que recupere y actualice la “Tercera Posición”, más vigente que nunca en un mundo multipolar con renovados bríos soberanistas frente al globalismo decadente. Esto exige construir alianzas internacionales desde el interés nacional y defender nuestro territorio con iniciativa propia. Como advertía Arturo Jauretche: “No se trata de cambiar de collar, sino de dejar de ser perro”.
