
La mañana de aquel compromiso amaneció con un cielo de un azul tan profundo que parecía herir la vista, un azul que solo se encuentra en lo alto del Valle Calchaquí. Simón avanzaba por el callejón de chañares. Cada paso que daba sobre la tierra suelta era un acto de fe. Se detenía de tanto en tanto, no por fatiga, sino por el peso sagrado del respeto.
Se acomodaba el saco una y otra vez, alisando las arrugas con manos que sabían de asperezas, de la fragancia silvestre del poleo y del rigor del clima; se sacudía de vez en cuando el polvo de las alpargatas con una pulcritud casi ritual, queriendo entrar limpio a la vida de la mujer que amaba.
Ése día, el aire de Santa María tenía un aroma de templo natural: olía a semillas de jarilla mojadas por el rocío, a tierra recién regada y al perfume denso, meloso y ancestral de los algarrobos, que parecen custodiar los secretos de los antepasados bajo su sombra eterna.
Hacia la casa de La María iba El Simón, un joven Amaicha que cargaba un mundo en sus espaldas. Había sido niño de esperar en el viejo matadero, agricultor de sol a sol, y guardaba en su memoria el asombro de los aviones y los barcos que conoció en el gran Buenos Aires desde adolescente. Pero la ciudad, con su ruido de acero, no pudo retenerlo; el monte lo llamaba con la voz de los cerros.
Ella, la María, era la mayor de siete hermanos. Una adolescente que no sabía de juegos porque sus manos ya conocían el peso del hacha y el rigor del cuidado. Era una rebelde del monte, una mujer color tierra con ojos que guardaban una melancolía de siglos, pero con una dulzura en las manos que era capaz de sujetar cualquier dolor y volverlo alivio.
Se habían encontrado en un baile, bajo el polvo suspendido y el lamento de una zamba; en ese instante, el trato quedó sellado en el silencio: él renunció al asfalto, a ése ejército y ella, por amor, entregó su libertad de monte para construir un nido.
Al llegar, el Tata abuelo lo esperaba sentado, con la espalda recta. El silencio en el patio era absoluto, solo interrumpido por las cosas bellas que dan sentido a la vida: el aleteo repentino de los pájaros, el canto valiente del gallo que anuncia la luz y el humito azulado que se escapaba por las rendijas de los adobes y el techo de poposa, llevando al cielo el ruego del rancho.
El aroma del café tostado respiraba en la olla sobre la llama del jume, y el palmoteo rítmico de mama abuela sobre la masa blanca de trigo en la batea era un aplauso a la existencia que se transformaba en tortillas.
¿Cuáles son tus intenciones? lanzó el viejo, con una voz que parecía salir de las entrañas de la montaña.
Simón, que conocía el aguardiente y el vino patero, que sabía curtir el cuero y el alma, respondió con la mirada y solo una voz, casarme. No hacían falta más palabras sofisticadas. Ese día se pactó el destino.
Se casaron un 12 de mayo, cuando el otoño en el Valle empieza a teñir todo de un ámbar nostálgico. No hubo sedas importadas ni encajes de reina. La María caminó hacia el altar con la sencillez de la flor del campo, en un vestido común que no podía ocultar su belleza de ojos tristes.
Simón, en su trajecito a medida, parecía haber encontrado por fin su puerto.
Salieron de la iglesia de Fuerte Quemado, ese pueblo que guarda la fe de la región como un tesoro, y la carreta los llevó de vuelta a El Puesto mientras el sol subía triunfal tras los cerros.
El patio los esperaba regado con esmero, con ese olor a humedad que calma el alma, para que el baile no levantara el polvo de los olvidos.
La celebración fue un despliegue de amor y abundancia criolla. Las mesas, vestidas con manteles blancos impecables, celebraban la nueva vida con fuentes rebosantes: empanadas jugosas con el repulgue perfecto, humitas fragantes y el dulzor frutal de la mistela que entibiaba los corazones.
En el centro, destacaba el pastel de novia: una torre de pisos blancos, decorada con flores de azúcar y custodiada por el aroma de la vainilla y la ralladura de limón, un lujo sencillo que simbolizaba la esperanza de una vida dulce.
Cuando los músicos empezaron a rasgar las cuerdas, el patio se convirtió en un santuario. Ellos bailaron ése vals que comenzó a sonar. Fue un baile lento, de miradas clavadas en el otro, donde el mundo exterior desapareció.
No era solo un baile; era el inicio de un camino compartido, un vals que giraba bajo el cielo calchaquí mientras los invitados brindaban por esa lealtad de montaña.
Él tenía ojos grandes y redondos, y un “néctar” extraño en su forma de ser que hacía que todo el mundo lo quisiera.
Ella olía a cocina, a hogar, a pan recién hecho, a rebeldía de monte.
Ese día sellaron un amor que yo, años más tarde, miraría como un espejo donde quisiera reflejarme.
En mis recuerdos todavía están los viajes por los caminos de Lampacito para visitar a la madrina, Teresa Mena, buscando siempre el rastro de aquel día de fiesta.
Pero mi recuerdo más nítido es la paz de sus atardeceres: el mate cebado con cuidado, las risas que se enredaban en el aire y sus conversaciones pausadas mientras yo, una niña curiosa, volaba entre ellos intentando atrapar la magia de su unión.
Me prometí ese patio. Me prometí ese amor que no se cansa, que no se suelta, que se elige cada mañana cuando el gallo canta. Porque ellos me enseñaron que la mayor rebeldía no es escapar al mundo, sino quedarse a florecer en el jardín de alguien, con olor a tierra, a cocina y a una lealtad inquebrantable como los cerros que nos rodean.
Al Amor Eterno de mis abuelos Simón y María
