Costos del progreso digital

Una investigación de la Universidad del Sur de California (USC) viene a ratificar con rigor académico que en los últimos años se ha producido, por efecto del uso intensivo de las redes sociales, un cambio significativo y medible en cuatro aspectos centrales de la personalidad, y el grupo etario donde ese deterioro se concentra con mayor intensidad es, precisamente, la juventud.

El estudio identifica cuatro dimensiones de la personalidad que han sufrido un retroceso notable entre los jóvenes, y cada una de ellas ilumina una faceta distinta de la misma crisis. La primera es el sentido de la responsabilidad. Los datos muestran una baja en la capacidad de organizarse, cumplir con obligaciones y sostener hábitos de manera sostenida.

La segunda fractura es la inestabilidad emocional. Crece en los jóvenes la ansiedad, la irritabilidad, la inseguridad y la sensación de estrés permanente. Esa inestabilidad erosiona algo tan fundamental como la confianza en uno mismo y en el porvenir.

La tercera dimensión comprometida es la empatía. El informe de la USC registra una menor tendencia a la cooperación y la tolerancia, y un predominio creciente de la competencia, la comparación y la polarización. Las interacciones sociales se vuelven más duras, más transaccionales, menos compasivas.

La cuarta fractura, paradójica en una era que se presenta a sí misma como hiperconectada, es la disminución de la sociabilidad real. Los jóvenes muestran menos ganas de socializar presencialmente, rechazo al encuentro cara a cara y una preferencia marcada por las interacciones mediadas por pantallas.

A diferencia del mundo presencial, la digitalidad en las relaciones sociales no fomenta el registro del otro ni el sentido de la responsabilidad socioafectiva. A diferencia del mundo presencial, la digitalidad en las relaciones sociales no fomenta el registro del otro ni el sentido de la responsabilidad socioafectiva.

El informe de la USC señala un punto que merece una reflexión detenida: a diferencia del mundo presencial, la digitalidad en las relaciones sociales no fomenta el registro del otro ni el sentido de la responsabilidad socioafectiva. En el encuentro físico, el otro existe con su peso, su mirada, su incomodidad, su humanidad completa e inconveniente. En la pantalla, el otro es una imagen, un perfil, un objeto de consumo que puede silenciarse, bloquearse o ignorarse sin consecuencias inmediatas. Esa asimetría para la indiferencia, no para la solidaridad.

A ello se suma el contexto estructural en que estas generaciones crecen. En un mundo inestable, de puro tiempo presente, consumista, saturado de distracciones y atravesado por condiciones precarias de trabajo e ingresos, resulta cada vez más difícil pensar en alguien que posponga la gratificación inmediata en pos de un futuro de bienestar.

El desafío verdadero pasa por definir qué espacios de contención pueden construirse para revertir esta tendencia, qué idea de futuro puede ofrecerse a una generación que ha sido entrenada para no creer en él y qué tipo de comunidad puede interponerse entre el joven y la pantalla omnipresente.

Eso requiere políticas públicas valientes en materia de regulación tecnológica, pero también un debate cultural que la Argentina tiene pendiente. Requiere escuelas que enseñen no sólo contenidos sino también la capacidad de sostener la atención, tolerar la frustración y construir vínculos genuinos. Requiere familias con autoridad suficiente para poner límites en un entorno que los disuelve. Requiere, en definitiva, una decisión colectiva de no aceptar que el deterioro de una generación sea el precio inevitable del progreso digital.

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