
Transgredir es, en cierta medida, parte del oficio de ser adolescente. Poner a prueba los límites, desafiar las normas, buscar la aprobación del grupo: son conductas que la psicología describe hace décadas como propias de esa etapa de construcción de la identidad. El problema no es la transgresión en sí. El problema es qué encuentra el adolescente del otro lado: contención o vacío, acompañamiento o indiferencia.
Los retos virales de TikTok no son una novedad en su esencia. Son la versión contemporánea y amplificada de algo que siempre existió. La diferencia es la velocidad y el alcance: lo que antes quedaba en el patio de la escuela hoy recorre el país en horas. El llamado “reto del tiroteo” – amenazas escritas en baños de colegios de media Argentina, incluida Catamarca- no surgió de la nada. Surgió de un video, se replicó entre adolescentes que buscaban protagonismo, y dejó al descubierto, una vez más, que la caja de resonancia de estos fenómenos es siempre la misma: la comunidad educativa. Esta comunidad tiene fisuras.
Catamarca ya había tenido una señal de alerta hace pocas semanas. Un grupo de alumnos de Valle Viejo protagonizó una “guerra de bengalas” dentro de un aula. El video se viralizó, el escándalo fue nacional y la respuesta institucional fue contundente y rápida: expulsión y sumarios. Declaraciones sobre “actos vandálicos”. Lo más fácil; lo más visible y lo menos educativo. Ya se señaló en estas páginas: la expulsión no educa. Saca a adolescentes de la escuela y los deja librado a su suerte, en una sociedad que ya de por sí es violenta. Nadie aprendió la lección o si la aprendieron, no alcanzó.
Semanas después, llegaron las amenazas de tiroteo. Diferente forma, misma lógica: adolescentes buscando protagonismo en las redes, adultos tomados por sorpresa, instituciones reaccionando con lo que tienen a mano, en este caso, afortunadamente, protocolos y fiscalía, no solo expulsiones. Sin embargo, el fondo del problema sigue intacto.
El fondo del problema no es TikTok. Es que detrás de cada pantalla hay un adolescente que, en muchos casos, no encuentra en su entorno inmediato a un adulto que lo escuche, lo oriente o simplemente lo vea. Los docentes están desbordados por la cantidad de alumnos, por la diversidad de problemáticas, por la falta de recursos y de acompañamiento institucional. Las familias, en muchos casos, están ausentes: física o emocionalmente y cuando están presentes, no siempre lo están de verdad. Un capítulo aparte refiere a las fiestas de la “semana del estudiante” –con los excesos que incluyen y el acompañamiento de padres, madres o tutores que prestan o alquilan casas- o los ya tradicionales UPD. La indiferencia tiene muchas formas pero una de las más peligrosas es la que se disfraza de normalidad. El Estado, en ese contexto, suele llegar tarde, con instrumentos pensados para sancionar, no para prevenir.
En ese contexto, la respuesta que se viene preocupa. La Ley Nacional 27.801 de Régimen Penal Juvenil, sancionada en febrero último, declara punibles a adolescentes desde los 14 años y entrará en vigencia en septiembre. Ante cada nuevo episodio de violencia escolar, la tentación de aplicarla será grande. No obstante, la intervención de la Justicia Penal, por definición, llega cuando el daño ya ocurrió. No previene. No acompaña. No educa.
Catamarca tiene herramientas propias que apuntan en la dirección correcta: la Ley 5402 de Promoción de la Cultura de Paz en la Comunidad Educativa, el Protocolo de Actuación ante Problemáticas Complejas, el Observatorio de Prevención y Atención del Maltrato. Es una buena ocasión para que se las haga cumplir.
En los casos de violencia escolar -y los retos virales son una forma de violencia, aunque disfrazada de broma- siempre aparecen los mismos roles: el agresor, la víctima, los cómplices y los espectadores pasivos. Estos últimos son, quizás, los más peligrosos: los que saben y callan, los que ven y miran para otro lado. La indiferencia no es neutral y consolida.
“Con un fierro podés conseguir lo que quieras dos o tres veces, pero con un libro te salvás toda la vida”, lo dijo Marito Borges, el kapanga de El Marginal. Un personaje de ficción del mundo del hampa que entendió algo que a veces se le escapa a quienes conducen instituciones educativas: que la educación salva. Para que eso ocurra, alguien tiene que estar dispuesto a acompañar ese camino, con compromiso, no con indiferencia ni mucho menos con un Código Penal.
