De vuelta

Rodrigo L. Ovejero

En una de esas canciones que parecen apuntar directo al cuore, María Elena Walsh le cantó a Sara Facio que ya estaban de vuelta de todo. Una oda al amor real, a vivir la vida con una persona con la suma de todo lo bueno y lo malo que eso significa. Pero no quiero detenerme en la canción –se llama “Barco quieto”, y creo haber hablado de ella en la columna alguna vez, así que por las dudas no lo voy a revisar- sino en esa expresión, tan rica y argentina, de “estar de vuelta” (y su variante “estar de vuelta de todo”).

El castellano es tan maravilloso que, en esas dos palabras, encierra un concepto tan vasto como es la situación de una persona que, mediante la acumulación de experiencias vitales, se encuentra preparada para afrontar los hechos de la vida, incluyendo el hecho más terrible de todos, la certeza de que todo tiene un final. En la zamba “Luna cautiva” el Chango Rodríguez grafica con exactitud la frase al decir que está de vuelta y trae mil canciones. No son canciones propiamente dichas, sino metáforas de vivencias, aprendizajes (algunos historiadores, más prosaicos, han afirmado que efectivamente eran canciones, pues Rodríguez solía llevar entre sus pertenencias un cancionero para solventar sus olvidos musicales en fogones y asados).

Pero lo que tiene esta expresión, por la que la considero tan feliz para nuestro idioma –que de expresiones maravillosas no anda nada corto- es su ambigüedad, su ambivalencia, la posibilidad de que funcione como elogio o crítica según el contexto. Por lo general, es el añadido “de todo” lo que la convierte sin dudas en una frase positiva, pero no es imprescindible. Si un jugador de fútbol entrado en años no puede mantenerse al ritmo de los más jóvenes se dice de él que está de vuelta. Si esos mismos años le permiten mantener el aplomo y la confianza en momentos complicados se dice lo mismo.

¿Pero hay un parámetro para poder aseverar que una persona está de vuelta? Como suele suceder con esta sucesión de días llamada vida, no hay reglas claras. Por ejemplo, un futbolista puede estar de vuelta con poco más de treinta años para cuestiones deportivas, pero para la vida en general deberá tener, como mínimo, cinco o seis décadas. En cuestiones amatorias una persona no puede estar de vuelta si no le han roto el corazón al menos en tres o cuatro oportunidades, lo que necesariamente requiere de un tiempo prudencial, a menos que sea especialmente enamoradiza.

En definitiva, es una cuestión de madurez. Es por eso que a las personas que están, por así decirlo, de ida, en contraposición a quienes están de vuelta, se les dice que están verdes. Esta columna, por ejemplo, está en una bisagra, todavía de ida, pero a punto de pegar la vuelta.

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